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SAN FERNANDO, CIUDAD CONSTITUCIONAL (La Constitución de 1812).
Desde el 22 de Septiembre de 1810 en que se traslada a la Isla de León el Consejo de Regencia, hasta el 20 de Febrero de 1811 que vuelve a Cádiz, reside en la hoy ciudad de San Fernando el Gobierno de la Nación. La Isla de León fue, por tanto, sede de la Regencia y de las Cortes que fueron convocadas para iniciar sus sesiones el 24 de Septiembre de 1810, fecha clave en la historia de España en que se actualizan las antiguas leyes, se reordenan las instituciones y se comienza a gobernar de acuerdo con los nuevos principios del Derecho político.



Juramento de las Cortes Constituyentes en la Iglesia Mayor Parroquial de la Real Isla de León el 24 de Septiembre de 1810. Óleo sobre lienzo que se conserva en el Salón de Plenos del Congreso de los Diputados. Madrid. José Casado del Alisal. (Palencia, 1832 - Madrid, 1886).

En efecto, a partir del momento en que España declara la guerra a la Francia napoleónica se tuvo consciencia de que este hecho significaba "Independencia", con mayúscula, ya que todo el siglo XVIII, la centuria llamada de la Ilustración, constituyó para España un devenir supeditado a Francia, devenir que tuvo su inicio con el advenimiento de los Borbones, quienes poco a poco introdujeron modas, costumbres, cultura, modos de hacer y de vivir, etc. que vino a anular de alguna manera la singularidad de lo ibérico, de lo español.

A principios del XIX, los ilustrados españoles eran sabedores de la encrucijada a la que se veían abocados: de una parte, compartían las ideas gestadas en la centuria anterior y de que la revolución iniciada en 1789 en el país vecino no fue más que un parto, doloroso pero necesario, para dar a luz a las ideas concebidas por la razón del pensamiento ilustrado y enciclopédico. Por otra, sabían que tales ideas necesitaban de un desarrollo adaptado a nuestra peculiar idiosincrasia. Desde Jovellanos a Argüelles, desde Goya a Moratín, todos intuyeron el punto de inflexión que significaba el rechazo "al francés" al mismo tiempo que se aceptaba la necesidad de "lo francés".

Las islas de Cádiz y de León y las Cortes que en ellas se formaron y la Constitución que en ellas se gestó, tuvieron una importancia histórica de primer orden, pues las circunstancias quisieron que fueran el escenario del cambio, por otra parte irreversible, del Antiguo Régimen por otro liberal y moderno que de forma imparable, aunque no sin dificultades, penetró en Europa y, a la larga, en el mundo.

Cierto es que, aunque tradicionalmente unas Cortes, sean cuales fueren, toman el nombre de la ciudad donde inicialmente se instalan, en este caso es Cádiz, y no la Isla de León, la que se lleva los honores de tan importantes acontecimientos, olvidándose injustamente, con harta frecuencia, que en la Isla de León, hoy San Fernando, se inauguraron las Cortes, que en la Isla de León residió el Gobierno de la Nación en tres ocasiones, siempre difíciles, y que en la Isla de León se paró al ejército imperial. La Isla de León sufrió y padeció el asedio tanto como Cádiz y sus gentes se movilizaron y entregaron hasta la extenuación.

A este sacrificio no se le ha hecho justicia. Por eso es necesario hacer valer la verdad sobre una ciudad heroica que supo estar a la altura de las circunstancias en el momento en que se la necesitó -plaza sitiada, a la defensiva, en primera línea de fuego, fácil presa de epidemias y enfermedades- demostrando valor y coraje sin par, sabiendo discernir, por otra parte, la situación bélica de la revolución política y liberal que se gestaba, y en cuyo suelo se escribieron muchas de las más brillantes páginas de la historia de España.

A principios del año 1810, la retirada de Wellington deja totalmente solos a los españoles, de manera que el ejército español de Extremadura busca refugio en Cádiz, mientras que el del rey José Bonaparte se pasea por toda Andalucía. El día 4 de Febrero hicieron su entrada en la Isla de León las tropas mandadas por el duque de Alburquerque. Eran un ejército de infantería y caballería en retirada. Por otra parte los políticos, los junteros, los patriotas, también se iban replegando hacia el Sur a medida que el ejército francés avanzaba en su conquista de tierra española.

Puede suponerse que este rincón patrio multiplica su población paulatina e incesantemente a medida que el peligro francés avanza. Ello implicaba una serie de sacrificios y de solidaridad por parte de los vecinos de Cádiz y de la Isla de León quienes en todo momento estuvieron dispuestos a la ayuda desinteresada y a la intervención directa en momentos bélicos señalados haciendo honor al manifiesto del secretario de la Junta Central, D. Martín de Garay, quien en 1809 exhortaba a los españoles a unirse en la defensa de la patria diciendo: "A una Nación que nuevamente se hace guerrera para batir a un enemigo intrépido y aguerrido, no le basta tener numerosos exércitos; es indispensable que todos sus habitantes sean soldados, y que cada casa sea una fortaleza inexpugnable que los contenga en su carrera".

La importancia de los personajes que en aquella época arribaron a nuestra ciudad, así como la gran masa de acogidos y defensores, contribuyó a que el alojamiento de tan ingente población se convirtiera en un problema de vital importancia. Se necesitó alojar a jefes, oficiales y tropa del ejército, a junteros y diputados, a regentes y ministros, a refugiados, en fin, de todas clases. Conventos, casas de familias de fuste, de comerciantes adinerados, viviendas alquiladas, hostales y mesones, etc. sirvieron de alojamiento a tan importantes personajes. Caseríos y casas hortelanas se utilizaron para acuartelar a la tropa y a las milicias honradas y urbanas; las Casas Consistoriales acogieron al Gobierno de la Regencia y Secretarías de Estado y de Despacho y el teatro Cómico, en fin, a la Asamblea de los Diputados reunidos en Cortes.
En la Iglesia Mayor se oficiaron todos los actos religiosos que se mandaron celebrar con motivo de festejar victorias o conquistas de las tropas españolas o aliadas: triduos, novenas, Te Deum, letanías, rogativas, etc. para pedir al Altísimo por la victoria de nuestros ejércitos o por la lucidez de los diputados en Cortes. En especial es oportuno recordar la celebración de la Santa Misa el día 24 de Septiembre de 1810, pasando luego la comitiva de diputados y autoridades al teatro Cómico de la villa donde se comenzó ese mismo día las sesiones de las Cortes Generales y Extraordinarias.



D. José Mª Queipo de Llano, Conde de Toreno, uno de los más significados personajes protagonistas de aquellos acontecimientos cuenta así lo sucedido aquel día: "Según lo resuelto anteriormente por la junta central, era la isla de León el punto señalado para la celebración de Cortes. Conformándose la Regencia con dicho acuerdo, se trasladó allí desde Cádiz el 22 de septiembre, y juntó, la mañana del 24, en las casas consistoriales a los diputados ya presentes. Pasaron enseguida todos reunidos a la iglesia mayor, y celebrada la misa del Espíritu Santo por el cardenal arzobispo de Toledo Don Luis de Borbón, se exigió acto continuo de los diputados un juramento concebido en los términos siguientes: "¿Juráis la santa religión católica, apostólica, romana, sin admitir otra alguna en estos reinos? - ¿Juráis conservar en su integridad la nación española, y no omitir medio alguno para liberarla de sus injustos opresores? - ¿Juráis conservar a nuestro amado soberano el señor Don Fernando VII todos sus dominios, y en su defecto a sus legítimos sucesores, y hacer cuantos esfuerzos sean posibles para sacarle del cautiverio y colocarle en el trono? - ¿Juráis desempeñar fiel y legalmente el encargo que la nación ha puesto a vuestro cuidado, guardando las leyes de España, sin perjuicio de alterar, moderar y variar aquellas que exigiese el bien de la nación? - Si así lo hiciéreis, Dios os lo premie, y si no, os lo demande". Todos respondieron: "Sí, juramos".

Antes en una conferencia preparatoria se había dado a los diputados una minuta de este juramento, y los hubo que ponían reparo a acceder a algunas de las restricciones. Pero habiéndoles hecho conocer varios de sus compeñeros que la última parte del mencionado juramento removía todo género de escrúpulo, dejando ancho campo a las novedades que quisieran introducirse, y para las que les autorizaban sus poderes, cesaron en su oposición y adhirieron al dictamen de la mayoría sin reclamación posterior.

Concluidos los actos religiosos se trasladaron los diputados y la regencia al salón de cortes, formado en el coliseo, o sea teatro de aquella ciudad, paraje que pareció el más acomodado. En toda la carrera estaba tendida la tropa y los diputados recibieron de ella, a su paso, como del vecindario e innumerable concurso que acudió de Cádiz y otros lugares, víctores y aplausos multiplicados y sin fin. (...) Y al ruido del cañón español que en toda la línea hacía salvas por la solemnidad de tan fausto día, resonó también el del francés, como si intentara éste engrandecer acto tan augusto, recordando que se celebraba bajo el alcance de fuegos enemigos.

Llegado que hubieron los diputados al salón de cortes, saludaron su entrada con repetidos vivas los muchos espectadores que llenaban las galerías. Habíanse construidos éstas en los antiguos palcos del teatro: el primer piso lo ocupaba a la derecha el cuerpo diplomático, con los grandes y oficiales generales, sentándose a la izquierda señoras de la primera distinción. Agolpóse a los pisos más altos inmenso gentío de ambos sexos, asiosos todos de presenciar instalación tan deseada."



El Teatro de las Cortes, por entonces llamado teatro Cómico, cuya propiedad era de D. Josef Delgado Duarte, fue el elegido para celebrar las sesiones de Cortes. Se nombró a D. Pedro González Llamas, Teniente General del Ejército, como aposentador de las Cortes a las órdenes del aposentador de Palacio D. Juan de Grijalba, para dirigir los trabajos de adecentamiento y adecuación de dicho teatro a las nuevas necesidades que requería la recién instaurada Asamblea Nacional Legislativa. Quedó finalmente un patio de forma elíptica presidido por un retrato del rey Fernando VII y en el centro una mesa, que se conserva hoy en nuestro Ayuntamiento, destinada al presidente y secretarios. Los diputados se sentaban en dos hileras de asientos al pie de los palcos, mientras éstos se destinaron para el cuerpo diplomático, autoridades y público en general.

Este edificio que, después de la guerra, continuó funcionando como teatro, ahora con el nombre de Teatro de las Cortes, ha pasado por diversas vicisitudes quedando finalmente muy deteriorado. Sin embargo, y haciendo uso de un gran sentido de lo que significa el patrimonio histórico, el Cabildo isleño acordó en 1995 acometer la restauración del Teatro de las Cortes, lugar donde comenzaron sus sesiones unas tan ilusionadas Cortes que prepararon el camino de la libertad y de la modernidad de España.

Por Real Decreto de 27 de Noviembre de 1813, se le concedió a la Real Villa de la Isla de León el título de Ciudad con el nombre de San Fernando. Su heroismo y capacidad de sacrificio quedaron fielmente reflejados. En su seno, un puñado de hombres cabales, estimulados, más que cohibidos, por el ruido de los cañones enemigos, gestaron la España del futuro. A partir de entonces las cosas ya no volverían a ser de la misma manera. La sociedad española quedó imbuída del espíritu constitucional. ____________________

Servicio de Informática, 2005.
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